Y revivir.

 Hace bastante que no paso por aquí. Nunca he sabido si alguien me lee, nunca me ha importado tampoco.

Sé que un día dije que no volvería a escribirte y que lo he cumplido con creces. También sé que hoy vamos a hacer una pequeña excepción a la norma.


Antes de continuar quiero que sepas que la vida me está respetando. Me da de todo. Me abraza.

La vida me quiere y yo la quiero a ella.

Supongo que es mucho más de lo que podría pedir en los tiempos que corren.




El otro día, viendo uno de esos programas de televisión que solo pongo de fondo para no sentirme sola mientras me tomo el café, tuve un momento de introspección y me observé, después de tantísimo tiempo.

Entre sorbos escuchaba historias de gente sin recursos, sin medios, sin cosas. Y lo pasaban bien, y eran felices. Y vivían la Navidad sin regalos.

Me vi y lloré. Llevaba tal vez un año sin hacerlo.

Mire la cantidad de paquetes del árbol, las maletas aún sin deshacer porque me he quedado sin espacio en el armario, los tarjetazos en caprichos y sentí que me ahogaba.

Recordé que estoy viva y que la parte más triste de esta situación es que simplemente nos hace sentir casi muertos, inertes, sin movimiento. Absurdos. 

Entendí que no puedo ir a casa teóricamente, pero que la realidad es que no quiero, lo sé. Que busco excusas porque en el fondo aún me duele. Que una pandemia me ha traído paz, pero también tristeza y soledad y que el mundo era definitivamente más bello con el dolor que me provocaba ir sin verte, reir con ellas y volver con la maleta llena de sentimientos encontrados.

Que aquí tengo una casa bonita en una urbanización de lujo, un gato minúsculo y adorable, un novio perfecto, un trabajo de ensueño, una familia finalmente unida y una salud de hierro.

Pero siento que me falta todo. Me faltas tú. Y me vas a faltar toda la puta vida.

Y no hay regalo en el árbol que pueda llenar ese vacío.

No estoy en modo drama, en absoluto. Sé muy bien cómo ser feliz sin serlo, llevo practicando tantos años que ya es parte de mis vísceras.

Pero inevitablemente me pregunto dónde estás. Yo, que soy una absoluta máquina del rastreo, no he conseguido encontrarte. Ni una pequeña pista, ni un rastro fugaz. Nada. No has dejado nada

Y desde aquel día miro a lo lejos, con una esperanza tonta. Y me da igual todo porque nada se compara a la sensación de poder volver a verte. Sin más pretensión que llenar mi maleta de ti durante un minuto, y revivir.

Comentarios

Entradas populares