Queremos algo por tenerlo.

Independientemente de si nos hará o no felices; De si nos hizo o no felices.



Mejor tener algo, lo que sea, que no tener nada. ¿No?

Aunque sea un aroma.

Lejano.

De alguien más lejano aún.


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Una persona a la que quiero infinito (y más allá) dice que huelo a ternura.
Su abuela huele a Navidad.

Ella huele a libertad. Definitivamente.

Mi abuela huele peluquería y mi madre a verano.
Mi hermano siempre me ha olido a bebé, sin importar el perfume que use.
Mi casa, la de siempre, sigue oliendo a mi padre (cuatro años después).
La ciudad que me adoptó huele a limpio y en la que estoy viviendo, a resignación.

Los sentimientos huelen, fíjate.


El amor me olía a juguete nuevo, lo recuerdo bien. A día de Reyes o algo así.
La Universidad, a cerrado.
Mi coche a vainilla desde que llegó la prima.

Los sábados huelen a ellas y ellas huelen a fresa y a limón. Y no porque sean unas frescas.
Que también.

Mi vida huele a muchas cosas y, realmente, casi todas son agradables.

Ya no recuerdo el olor de algunas personas y a veces, me gustaría que mi almohada oliese a ellas.

En cambio, hay otros perfumes que siguen conmigo. Y ojalá se evaporasen.

Noto mucho aroma picante por ahí y siempre fui de olores dulces, a pesar de todo.

Quizás sí huelo a ternura.





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