El rescate

 Mi yo de terapia al habla:


Pensé que nunca volvería a una consulta, que no haría falta. 

Pensé que podía con todo, con el universo entero.

Que soportaría la miseria humana, la crueldad del mundo, la carga de trabajo, la sensación de inferioridad constante, el terror que me provoca la sociedad, la desmotivación, la desilusión, el síndrome de la impostora, el frenesí. Las comparaciones, la rutina, las expectativas, la necesidad de control, la ansiedad del que camina en la cuerda sin red, las preguntas, la incertidumbre, la incomprensión. La falta de mí misma.

De verdad pensé que podía asumir que todo eso era yo y que estaba bien así.

Llevo ya unas cuantas sesiones y supongo que es una buena noticia, aunque reconozco que enfrentarme al pasado es aterrador; No porque le tenga miedo, sino porque la idea de revivir aquello siempre me ha hecho sentir rota, incompleta, desprotegida.

Volver al campo de batalla, al dolor más grande que jamás he sentido, a la enfermedad, al abandono, a la ausencia, a la soledad. Al desirto en el que me convertí. Volver y sentir que no podré escapar de ese recuerdo, que me perseguirá siempre, allá donde yo vaya.

Volver a descubrirme devastada, vacía, al bordo del precipicio. Abrir las heridas, recordar esos pinchazos, la forma en la que me consumía, la culpabilidad.

Repetir el mismo nombre una y otra vez en cada relato, en cada memoria, en cada naufragio. Y sentir que yo me hundo también con esos recuerdos, que me asfixio, que mis pulmones no funcionan.

Y entonces, respirar. Salir a flote, comprenderme. Arreglarme, reconstruirme, coserme. Tirar pa´lante.

Me siento fuerte y viva, es algo que me caracteriza desde hace ya algunos años. Y es lo que me protege, mi escudo, mi castillo. Sé que solo es un momento de inestabilidad, que las emociones van y vienen y que trabajar con ellas es algo necesario; Qué saldré adelante, como siempre he hecho. Y que tomaré las decisiones que aún no soy capaz de tomar, porque no es el momento. Todavía.

La terapia me está llevando también a sitios felices, a momentos de gozo, de pasión, de fraternidad. A lugares que hace mucho no visitaba, a un pasado que ya no recordaba y que también fue mio.

Me quedaría a vivir en muchos brazos, en aromas, en amigos, en amores de verano, en los comienzos, en las primeras veces. En aviones, en playas paradisiacas, en el desierto cuando amanece. En la selva repleta de esas flores extrañas y de colibríes revoloteando. Me quedaría un ratito más en la montaña más alta que jamás he subido, en el horizonte lleno de aquella niebla. En las tartas de manzana recién hechas con aquella crema inglesa. En el único arrecife de coral que he visto, en el sonido del oxígeno de fondo.

Me quedaría para siempre en aquel 4x4, en las calles de la ciudad más bonita y a la vez más llena de dolor que he conocido, en los puestos de comida, en los ojos de todos los animales a los que hoy pido perdón. Me quedo en cada libro de mi preciosa biblioeca. En la brisa, montada en aquel globo gigante. En las Maravillas del Mundo que me han dejado muda. Me quedo flotando en el agua a cuarenta grados en mitad de una nevada. Me quedo en el atardecer subida a aquel barco, desnuda, segura de estar justo donde tenía que estar. Me quedo en los chupitos, en los secretos, en el sexo sin preocupaciones, en todo lo que he tenido el privilegio de experimentar en esta vida. En lo que vendrá.

Estoy remando y no voy a cansarme.

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