Qué casualidad

 Coincidir en estos tiempos.


Hoy me he tomado unos vinitos, pero ya venía pensando en ti.

En esas manos, en tu piel ardiendo en invierno, en la primera vez que sentí que podías derretirme. Y lo hiciste.

Tantas veces que no lo recuerdo.

Tus juegos, tu afán incansable por descuadrarme, por herirme, por hacerme trocitos. Tus cantos a la vida en mitad de mis silencios,

Cada cierto tiempo vuelves y en sueños hacemos todo lo que hicimos despiertos. Y muerdes, y dueles. Y te llevas mi luz.

Y después te vas.

Y otra vez miro por la ventana, sabiendo que pasaste en un tren paralelo al mío. Que hubo un choque y un incendio, que las ganas se hicieron eternas y que es muy probable que tú también sueñes con esas cosas que ya no hacemos. Porque tu vida también es perfecta, porque también eres feliz. Y eso es algo que no se nos da bien; Que no nos hace arder, como en aquel incendio. Aquel caos.

Y qué casualidad que tu ego y mi miedo se fundieran en aquella nube de polvos, en ese calor tan jodidamente dificil de olvidar. Y qué casualidad, coincidir cuando los dos podíamos permitirnos el lujo de perdernos. Cuando nada era importante. 

Venía conduciendo y montándome la película en mi cabeza, intentando enfocarte, como el que proyecta un futuro posible. Como quien pide a Dios que llueva en el campo. Y me digo que si te encuentro no me derrito, pero ya sabemos que tienes la piel ardiendo hasta en invierno.

Creo que no pasa nada por reconocer que pienso en las cosas prohibidas de mi vida, que me pregunto por las líneas rojas, que me imagino en lugares donde no se me ha perdido nada. Y supongo que es normal que esos pensamientos me pongan a mil.

Después aterrizo.

De momento siempre aterrizo.


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