Sobre el tejado.

Estoy escuchándome. He dicho “basta” y por primera vez, he parado.
Basta de escuchar ruidos ajenos, de hablar a una pantalla. 
Basta de sentir que mi vida no gira del todo, que se frena.

Se acabó ser alguien que hace mucho ya no soy. Se terminó esa vida en aquel lugar, con aquellas personas que hoy solo suman un número más en alguna red social.

No hay más escaparates. No quiero demostrar nada a nadie; si soy o no feliz, es algo tan mio como el aire que respiro.
Si mi talla es la correcta lo decido yo, si mis planes son adecuados lo decido yo, si puedo o no puedo lo decido yo.

Es la primera vez en mi vida que me ocurre algo así, que mi intimidad de repente es tan valiosa, que necesito privacidad, desconexión para sentirme libre y no para sanar.

Es la primera vez que me ataca la ansiedad y que no me sobrepasa. La primera vez que digo no a lo que no quiero hacer, porque no quiero simplemente. Porque no me apetece.

Es el momento de echar nuevas raíces, de aceptar que mi casa es otra y que jamás regresaré a lo que mi memoria rescata una y otra vez.

Que ahora soy del mar, de otras personas. Que mi mundo es diferente al que solía ser y que esto no es un papel que interpreto; Esto es mi vida de verdad. Y me la debo a mí.

Es la primera vez que acepto que me siento sola porque probablemente lo esté y porque es algo que yo he buscado. Que lo he decidido así y está de puta madre.

Y el problema no es la soledad, porque mi mundo es lo suficientemente amplio como para cubrir esos huecos.
El problema es ese sentimiento de culpa que arrastré siempre desde que puse un pie fuera del mapa.

El problema es no ser capaz de soltar cuando realmente hace tiempo que el amarre se deshizo. Cuando llevo años navegando sin un lastre que poder hundir. Sin stop. 

El problema aquí es que esta pantalla no soy yo, que estas palabras no son mías. Que lo que hay detrás es mucho más extenso y salvaje que el cuadro simplón que dibujo en la gente.

Creo que las personas no saben que leo con detenimiento, que conozco los detalles más oscuros de los veinte países con los nombres más raros del planeta, que observo el futuro a través de todas las malas decisiones de las que nunca hemos aprendido nada, que me desespera la idea de la crueldad humana y que la estudio en profundidad para poder entenderla. La gente no sabe que lucho con las garras fuera, que todos los días escalo alguna montaña rocosa, que mi libro favorito habla de ganar la guerra sin derramar sangre y que afortunadamente es la paz a todo lo que aspiro.

Nadie sabe que busco respuesta en un libro cada noche; que abro una página al azar y dejo que quien quiera que sea me aconseje a través de ella. Que le doy sentido a cada texto, a cada tilde, a cada punto y final.

Nunca le he contado a nadie que las pesadillas sobre mi propia muerte me acompañan desde los quince años.
Por eso me da terror el mar abierto, el océano, la inmensidad; Muero ahogada en la infinitud. Siempre.

A nadie le explico lo que me hace luchar contra el especismo, la tristeza que conozco a diario, las historias que llegan a mis manos, el pavor en los ojos de los que no pueden hablar. El dolor tan inmenso que siento cada día por no ser mejor persona, por no apaciguar el sufrimiento que provocamos en quien no lo merece.

Tampoco le cuento a nadie que me considero feminista, pero que no creo en discursos de empoderamiento; Que hay hombres que nos destrozan la vida, sí. Que necesitamos protección y que ojalá no hiciera falta, Pero como sociedad hemos educado justo lo que tenemos; a personas arraigadas en la cultura del maltrato, del odio a lo diferente, del machismo, del patriarcado barato y sin más profundidad que la del mismo rebaño pastando.

Que el cambio está en un libro, en una respuesta moral, en un buen ejemplo, en dar a conocer la cultura de otros lugares, en debatir sobre los puntos de vista en el mundo. El cambio está en la sencillez de vivir la vida respetando.

El cambio no lo traerá una mujer hablando de sus tetas ni de su coño, ni una bandera de colores. Ni un lenguaje inventado de la nada.

A nadie le he contado que ya no soy capaz de llorar y que eso me frustra en exceso, porque canalizar algunos sentimientos sin lágrimas simplemente me lleva a la ira. Y difícilmente soy capaz de escapar cuando eso ocurre.
 
A mí misma no me había contado que aunque me fui hace mucho, es justo ahora cuando soy consciente, como el trueno y el rayo, que van juntos pero suenan por separado.

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